INFORME DEL 11 DE DICIEMBRE
FORMA, FONDO Y CONTENIDO
Queridos amigos:
Los argentinos hemos vivido una semana signada por las asunciones. Intendentes, legisladores, gobernadores, ministros y una presidente que conducirá el país hasta el año 2015 tomaron posesión de sus cargos democráticamente obtenidos. Como culminación de un año electoral, el inicio de ciclo de tantas nuevas autoridades debería habernos dejado, sin dudas, una enorme cantidad de expectativas ante los proyectos, los anuncios y los desafíos que se suponía plantearían quienes tuvieron la oportunidad de expresarse ante una ciudadanía deseosa de avizorar los rumbos que el futuro le deparará. La sensación que quedó, sin embargo, particularmente después de la jornada en que la señora presidente inició su segundo mandato, fue genéricamente decepcionante.
Los “optimistas”, que los hay, esperaban que la señora presidente aprovecharía el comienzo del nuevo período con la tranquilidad que le han dado un triunfo electoral amplio, mayoría en ambas Cámaras y una oposición fraccionada, para exponer los grandes temas nacionales pendientes tales como la necesidad de reducir la inflación, consensuar una lucha nacional contra la inseguridad y aunar esfuerzos para disminuir un desbocado déficit fiscal, ante un escenario económico internacional que se presenta desfavorable. Los “racionalistas” habían deducido, luego de analizar la composición del nuevo gabinete en que se mantuvieron los titulares de 13 de los 16 ministerios existentes, que no se vislumbraban aires de cambio aunque la poca autonomía de los funcionarios y su condición de meros ejecutores de las órdenes presidenciales permitirían eventualmente modificar las líneas políticas con los mismos protagonistas. Quienes lograron el mayor porcentaje de aciertos fueron claramente los “pesimistas”, los cultores del “piensa mal y acertarás”, que intuían que el discurso presidencial serviría para mantener el estilo de autoponderación, remarcar el poder personalizado, señalar nuevos y viejos oponentes con quienes impulsar las antinomias y mantener la eterna incertidumbre que impide planear y predecir ante la imposibilidad de saber por dónde pasará el próximo capricho o el siguiente manotazo inesperado.
Pero aun estos últimos se quedaron cortos ante una jornada en que las palabras y los gestos decepcionaron por su forma, su fondo y su contenido. El hostigamiento que había sufrido el Vicepresidente Julio Cobos en los días previos, acusado de la aparentemente imperdonable falta de haber votado en una oportunidad anteponiendo sus convicciones personales a las órdenes gubernamentales, anticipó la forma en que fueron ignoradas sus funciones protocolares. La señora Presidente recibió la banda presidencial de manos de su hija y sorprendentemente cerró su juramento con la fórmula “…que Dios, la Patria y “él” me lo demanden”. Ese pronombre sin nombre, así destacado en su expresión aludiendo a su difunto esposo, nos obliga a una reflexión. Descartado que se trate de un recurso para generar un deliberado golpe de efecto, pues ello significaría una hipocresía imperdonable, debemos asumir que Cristina Fernández cree sinceramente que Néstor Kirchner ha alcanzado la condición de una especie de deidad espiritual que posee la capacidad de corporizarse para, llegado el caso, demandarle por el incumplimiento de su deber. Esta idea, reforzada después en la plaza de Mayo al pedir a los jóvenes que le pidan a “él” para guiar sus actos, es sumamente preocupante. Poco pudieron entender los Jefes de Gobierno y de delegaciones invitadas esta suerte de culto pagano expuesta reiteradamente ante los cientos de personas presentes, los millones que lo observaban por televisión y los lectores de los medios que reflejaron el acto. Todo funcionario debería comprender que el protocolo de las ceremonias y los honores que se le brindan, no son algo que pueda manejar a su antojo pues no son guiados por la honra a su persona sino a la investidura del cargo que ostenta. Solo a quien considera que su persona posee la propiedad de un cargo se le puede ocurrir mezclar sus cuestiones personales con la solemnidad de la ceremonia y acomodar el protocolo a su humor y capricho. Y esto es grave porque revela un problema que no es de forma sino de fondo. Es el alejamiento del espíritu republicano para marcar la tentación del poder absoluto y personal.
La señora presidente introdujo en su discurso discusiones codificadas, ajenas a la mayoría de los ciudadanos, como cuando comparó la escasa cantidad de leyes promulgadas en su mandato con la del presidente De la Rúa. Suponemos que aludía a un artículo periodístico del Diario La Nación en que se exponía que en el año 2011 el Congreso había promulgado tan solo 65 leyes con apenas 8 sesiones efectuadas en la Cámara de Diputados y 14 en la de Senadores, a pesar de lo cual ambas Cámaras habían elevado sus presupuestos a 1185 y 892 millones de pesos respectivamente. También comentó un artículo de un legislador propio que había leído por la mañana y trató de ubicar al hombre en la sala. Luego le reprochó que hubiera levantado la mano porque ella “no era la maestra” y siguió con su coloquial soliloquio, en el tono de un acto de campaña en el conurbano, en la supuestamente solemne ceremonia. No faltaron la interminable retahíla de logros con cifras en muchos casos discutibles a partir de las también discutibles estadísticas del INDEC, los ataques a los oponentes de turno (en este caso les tocó a maestros y petroleros de Santa Cruz, banqueros y gremialistas en general) y las infaltables referencias a los medios.
Un show completo, alejado del tono y el espíritu de la ocasión en el que no podía faltar la apelación a la justicia para que terminara con los juicios a los militares. En este caso, la señora presidente recordó que en año 2007 al asumir su primer mandato había dicho que esperaba que dichos juicios estuvieran finalizados en los siguientes cuatro años y agregó, textualmente “lo único que sueño y lo único que le pido a la justicia de mi país es que el próximo presidente ….. no tenga que volver a pronunciar esta frase”. Poco sueña y poco espera la presidente de la justicia. Sería maravilloso que en su proclamada búsqueda de terminar con la impunidad propusiera también investigar los crímenes cometidos por los terroristas que en la década del setenta asolaron con atentados, asesinatos y secuestros a la sociedad argentina. También podría soñar y pedir a la justicia que persiguiera el delito de forma de cesar en nuestro país con la ola delictiva, el tráfico de estupefacientes y la corrupción que corroe las instituciones. Es cierto que cada quien tiene derecho a soñar y pedir según sus deseos y su naturaleza pero es difícil poner el énfasis en visiones tan parciales y proclamar que se siente la presidente de cuarenta millones de argentinos. Hay en ello una contradicción tan flagrante como en proclamar que hemos vivido el período de mayor crecimiento de la historia argentina y pedir al Congreso que apruebe la continuidad de la emergencia económica.
Un honesto ciudadano, confundido por tanta palabra incierta, me preguntó mirándome a los ojos como veía el futuro de la Argentina. Ese tipo de preguntas no admiten medias palabras. En mi caso, después de escuchar las incongruencias del discurso presidencial, de analizar la conformación de un gabinete adonde hay ministros que hasta reconocen no estar preparados para el cargo, de observar el poder que se asigna a Guillermo Moreno luego de sus actos de autoritarismo y de leer el tenor de las nuevas leyes que se envían al Congreso, soy lamentablemente pesimista. En Europa han logrado un acuerdo que obligará a cada país de la eurozona a someter su presupuesto a un monitoreo que impedirá caer en déficit fiscales de más del 3 %. Ese Mecanismo Europeo de Estabilidad, que ha dejado fuera a Gran Bretaña y su soberbia aislacionista, permitirá salvar el Euro pero preanuncia un 2012 con una fuerte contracción de la economía. En Argentina nos seguimos engañando respecto de la situación económica y nada se anuncia ante el escenario recesivo que se avecina y que ya ha comenzado a afectar al Brasil. Pareciera que nos distraeremos con una nueva disputa interna en que el gobierno arremeterá contra el gremialismo como en el 2007 lo hiciera contra el campo para de este modo consolidar su frente interno. La política oficial ignora los grandes problemas nacionales e internacionales y se organiza pensando principalmente en la disputa del poder. Esa lógica, al igual que los discursos presidenciales falla en la forma, el fondo y el contenido. Es duro pero cierto, es nuestra opinión y tenemos la obligación de darla a conocer y desear estar equivocados.
Un abrazo para todos.
Juan Carlos Neves, Presidente de Nueva Unión Ciudadana


