REFLEXIONES SOBRE LA “RENUNCIA” DE FIDEL CASTRO
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POLITICA EXTERIOR
REFLEXIONES SOBRE LA “RENUNCIA” DE FIDEL CASTRO
Luego de casi 50 años de ejercer el poder total en Cuba, Fidel Castro anunció que por razones de salud no aspirará ni aceptará el cargo de presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe.
Es un hecho que en Cuba no existe un sistema democrático. Las condiciones básicas para considerar la existencia de tal sistema que serían, elecciones libres y pluripartidistas, libertad de prensa y ejercicio de los derechos humanos, son ajenas al régimen cubano. Se puede discutir, por ejemplo, cuantos ciudadanos están encarcelados por sus opiniones o actividades políticas opositoras pero es público, notorio e indiscutible que los cubanos no tienen libertad para abandonar la isla si así lo desean, como bien sabemos que sucede con la Doctora Hilda Molina. Ello los convierte, de hecho, en prisioneros de una gran cárcel de la que solo pueden salir algunos servidores del régimen.
Correspondería que los gobiernos de las naciones libres de la tierra expresaran con claridad a quien encarne la continuidad de Castro, que es hora de que cambien las condiciones impuestas por la tiranía castrista para que Cuba pueda sumarse a las naciones democráticas de América, luego de ostentar el triste record de tener el dictador con más tiempo en ejercicio del poder. Y ciertamente esperábamos que en ese sentido se expresara la cancillería Argentina para mantener coherencia con sus actitudes más recientes.
Concretamente, si la presidenta Cristina Fernandez consideró necesario expresarle públicamente al presidente de Guinea Ecuatorial que debía modificar su política interior en lo referente a los derechos humanos, luego de recibirlo en visita oficial, porque sus convicciones son más importantes que la tensión diplomática generada, la coherencia la obliga a actuar de manera similar en todos los casos.
Cualquier Estado tiene el derecho de adoptar en su política exterior una postura principista o una postura pragmática cuando debe interactuar con otros Estados con los que comparte intereses materiales pero no valores. Lo que no es válido es mantener un doble estándar, es decir, adoptar distintas actitudes ante similares conductas porque entonces su política exterior aparece en el mejor de los casos como hipócrita u oportunista. Con más suspicacia se puede sospechar que cuando los agravios a los derechos humanos provienen de países u organizaciones adscriptos a la izquierda revolucionaria, como es el caso de Cuba o de las Fuerzas Revolucionarias de Colombia (FARC), no se los condena explícitamente porque existe un sesgo ideológico que está más allá de los principios. En cualquier caso, la primer exigencia que debe cumplir nuestra política exterior es la de ser coherente y predecible para merecer respeto aun en el disenso.
Algunas cuestiones básicas de la política exterior.
Resulta pertinente realizar algunas reflexiones acerca de cual debería ser el patrón de conducta de una política exterior que atendiera los intereses nacionales sin mengua ni renuncia de nuestros valores y principios.
El sociólogo Max Weber (1864-1920) reconocía en el accionar político la posibilidad de actuar según una “ética de la convicción” o una “ética de la responsabilidad”. Quien adscribe a la primera, guía su acción esencialmente por la obligación moral y mantiene una intransigencia absoluta en el cumplimiento de sus principios. La ética de la responsabilidad en cambio, toma muy en cuenta la consecuencia de los actos, confronta los medios con los fines y valora las diversas opiniones o posibilidades ante una determinada situación. A ésta, Weber le atribuía ser una expresión de racionalidad instrumental más apropiada para alcanzar el éxito político.
Más cercano en el tiempo, Hans Morgenthau (1904-1980), uno de los grandes teóricos de la “política realista” (real-politik), afirmaba que las políticas exteriores no dependen de las simpatías políticas o filosóficas de los estadistas ya que estos separan su “deber oficial” de defender el interés nacional, de su deseo personal y agregaba que los Estados no pueden aplicar los principios morales universales en una formulación abstracta sino de que deben filtrarlos en función de las circunstancias concretas de tiempo y lugar.
La combinación de la convicción y la prudencia o el sentido común, nos indican que la Argentina, al igual que los demás países, no debería poner límites a la hora de establecer relaciones comerciales y acuerdos económicos, más allá que los que puedan surgir de embargos internacionales dispuestos por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o cuando se trate de materiales bélicos o sensibles en que deberá analizarse específicamente la situación regional. Esto se fundamenta en que las relaciones comerciales benefician directamente a los pueblos y deberían ubicarse por encima de las ideologías.
En cambio, cuando se trate de establecer acuerdos políticos o estratégicos, debería tenerse especialmente en cuenta la afinidad en los valores y principios básicos que sostienen los respectivos Estados. Por esto es que resulta pertinente, por ejemplo, que existan claúsulas democráticas que excluyen a los Estados que se han apartado de la democracia tanto en el MERCOSUR como en la Organización de las Naciones Americanas (OEA). En términos sencillos la fórmula sería: negociamos con quien nos conviene pero sólo somos amigos o socios de quienes respetan nuestros mismos valores fundamentales.
El siguiente punto a analizar es nuestra actitud en los foros internacionales y en las expresiones públicas de nuestra cancillería y de nuestro poder ejecutivo, quien es el responsable de la política exterior, para con aquellos gobernantes que, conforme a nuestra apreciación, violan los derechos humanos y políticos de sus pueblos. Se puede actuar reservadamente para presionar a las dictaduras a modificar su conducta o se pueden condenar y criticar sus actos en forma pública. Si se adopta esta última actitud considerando que los principios obligan y asumiendo el riesgo que las represalias puedan entorpecer las relaciones económicas y diplomáticas, la condición básica es que nuestra política exterior debe ser universal.
O sea, debe condenar por igual a todas las dictaduras sean de izquierda o derecha. No puede hacer silencio porque China es una economía poderosa, porque Castro resulta simpático a ciertos círculos progresistas, porque las FARC cuentan con el apoyo del aliado Chavez y ciertos influyentes líderes piqueteros o porque el interlocutor posee el petróleo que necesitamos. Sólo la coherencia da credibilidad y produce respeto a las posturas adoptadas aun en aquellos que no las comparten pero, ciertamente, habrá un coro de reproches cuando la parcialidad revele un accionar oportunista o una actitud ideologizada disfrazada de principista.
Si no estamos dispuestos a gritar siempre nuestras verdades, mejor seamos siempre discretos. No invitemos oficialmente a quien debemos fustigar porque eso es contradictorio. No fustiguemos públicamente a quien hemos invitado porque eso es innecesariamente agraviante. Y recordemos que la política exterior, que es nuestro modo de relacionamiento con el mundo, no debe subordinarse a la siempre cambiante y circunstancial política interna so pena de hacernos perder toda seriedad y credibilidad ante las demás naciones.
Juan Carlos Neves
Presidente de Unión Ciudadana
Master en Relaciones Internacionales
Buenos Aires, 21 de Febrero de 2008


